26 nov. 2013

Marcellina


Quieta, muy quieta, observaba el paisaje verde y dejaba que el viento le acariciara.
Sentada entre aquellas rocas, podía contemplar toda la cuidad. Todo parecía como una de esas mantas estampadas con las que juegan los niños a pasear sus coches de juguete. La cuidad entera, desde allí, no parecía más que un mapa en movimiento. Veía el humo salir de las fábricas creando pequeñas nubes grises, y veía las grandes y peligrosas carreteras como lineas donde se movían pequeños puntos de luz que eran los coches. Desde allí, no se oía el estruendo de la urbe, ni llegaba el olor de aquel humo. Todo era tranquilidad y todo era verde. Se oían lo pequeños crujidos de los insectos a su alrededor, y el susurro de los árboles movidos por la brisa.
Apoyando sus manos en las rugosas rocas, se inclinó hacia atrás y miro el cielo. Y cerró los ojos. Y respiró.
Ya estaba allí, ya había visto que el mundo era un juego, y ya no había vuelta atrás.