4 may. 2010

La gran obra

Acababa de terminar su primer cuadro hacía menos de 24 horas y ya tenía otra idea en la cabeza. Nunca había ido a clases de pintura ni nada parecido, pero se sentía tan bien pintando… había sido su primer gran descubrimiento.
Tumbada en la cama boca arriba, miraba sin atención su triste techo blanco, que iba iluminándose progresivamente por los rayos de sol que dejaban pasar las cortinas. No quería moverse, no podía. Aquella noche una idea genial le vino a la mente para un cuadro. Quería expresar una idea tan genial, un sentimiento con tanta fuerza que tenía miedo de empezar a pintar, y sabía que cuando se levantara ya no habría vuelta atrás. Tenía que pintar ese cuadro como sea, hasta le dolía tenerlo atrapado en su cabeza.
De golpe y sin pensar de levantó de un salto, y esquivando montones de ropa, encontró sus calcetines de pintar (No tenían nada especial, eran viejos y estaban rotos y llenos de pintura, pero le gustaba tenerlos puestos, eran su pequeño talismán), se los puso, mordisqueó un trozo de pan que quedaba en la mesa del día anterior y colocó su nuevo lienzo.
Hasta entonces no se había dado cuenta de lo verdaderamente grande que era, pero ahora que lo veía dentro de aquella habitación vacía era como si hubiera comprado una nueva pared. Así que cogió un enorme pincel y empezó su obra.
Al principio fue cauta, iba poco a poco, trazo a trazo, con una delicadeza escrupulosa. Y así fue capa tras capa, día tras día.
Un mes después solo había conseguido una gran plasta aceitosa de colores mezclados, y su idea arañaba el interior de su cráneo. Casi podía sentir como sus poderosas uñitas iban haciendo virutas de hueso.
Aquello le dolía, pero a la vez la dotaba de una fuerza que jamás había sentido, y así fue expresándolo en su cuadro, con trazos cada vez más enérgicos, más rápidos, cargados de ira por la impotencia de no poder conseguir lo que quería, y a la vez de una ilusión por conseguirlo que llegaba a asustarla.
Llevaba días enteros pintando cuando tuvo que parar a reponerse, a comer algo y a tomar algo refrescante que le liberara de aquel sofocante calor de verano mediterráneo. La nevera estaba completamente vacía… ¿cuántos días habrían pasado?
Sin dudarlo salió a la calle con la ropa más fresca que más rápido pudo encontrar al supermercado más cercano. Hasta entonces no había sido consciente de que su hambre fuera tan atroz pero una vez allí, no pudo parar de coger un alimento tras otro, una bebida tras otra, pasillo tras pasillo.
Cuando llegó a la caja se dio cuenta de que no tenía dinero, y el amable tendero quiso fiarle al menos parte de la comida a aquella muchacha tan extrañamente atractiva, incluso se ofreció a ayudarla con las bolsas, ya que ni siquiera llevándose un tercio de lo que había cogido podría llevarlo sola hasta su casa.
Una vez arriba, el sol iba desapareciendo, y el calor se iba con él, aunque el olor a pintura y aguarrás era verdaderamente insoportable allí dentro.
Mientras ella colocaba las cosas, o hacía que las colocaba cuando realmente estaba comiéndoselas sin ningún pudor, el tendero miraba su cuadro inacabado.
Cuando ella se dio cuenta, dejó la comida y fue directa hacia él. Le gritaba, pero éste parecía un poco aturdido. Oh… ese olor…
Abrió las ventanas de aquel cuarto, sentía la brisa ya casi nocturna de aquellos días de verano, sentía las cortinas acariciándola movidas por el viento. Em… ¿las cortinas? Aquello no era una cortina, era una persona, era aquel tendero. Ella se giró y le empujó contra la pared pintada, y en aquel segundo, millones de pensamientos pasaron por su cabeza, millones de emociones…y allí estaba, su idea… ¡Su cuadro! ¡Por fin!
Sin separarse del lienzo, y sin separarse el uno del otro, fueron acariciándose, y lo que en un principio fue débil y tímido se convirtió en un juego apasionado de colores aceitosos en un mar de sentimientos cruzados.
Amaneció, y tumbada en el suelo llena de pintura seca contemplo su gran obra, al fin estaba terminada.