11 mar. 2010

El despertar

Mi historia comienza un día cualquiera, uno de esos días que pasan sin ser vistos, uno de esos días que por anodinos son invisibles.
Allí estaba yo, como un zombi siguiendo la rutina que toca, como alguien que tiene tan claro lo que debe hacer que no tiene ni idea de lo que quiere porque no se para a pensarlo.

Caminando por la ruta predeterminada de vuelta del trabajo creía pensar, cuando solo recordaba mi lista de cosas que seguían la secuencia del día. Entonces fue cuando, al doblar la esquina, me ocurrió uno de esos choques que le suelen pasar a las personas que como yo, andan demasiado ensimismadas y demasiado cerca de la pared, al igual que aquella chica.
No fue más de un segundo. Nos paramos en seco de repente, justo antes de entrar en contacto, sobresaltados. Ella me miró a los ojos, y ruborizándose, volvió su tez hacia el suelo para después volver a mirarme y lanzarme una tímida sonrisa. Luego, cada uno seguimos nuestro camino.

¿Qué tendría esa chica en la cabeza para ir así, tan ensimismada? ¿Sería estudiante? ¿Cómo será su voz? ¿La volveré a ver?
Fantaseaba con mi pequeño encuentro creando historias cada vez más inverosímiles cuando me dije que era ridículo e intenté volver a mi lista. Pero en el instante en que la realidad y mi fantasía se cruzaron (mi realidad tan estructurada, tan automática, y aquella fantasía espontánea tan fruto de mis deseos más profundos) algo se quebró dentro de mí.

¿Por qué había acabado así? Hay veces que la vida te lleva por caminos que no eran precisamente los que te hubiera gustado tomar, pero ese no era mi caso. Había tenido suerte, al parecer había tenido tanta que no había necesitado nunca plantearme nada.
-Que desdichado soy- me dije. Y entonces desperté.